Leyendas de la Colonia
Por. L. R. P
Esto sucedió hace muchos años en la feria de la ciudad de Arcelia, ubicada en la región de la Tierra Caliente de Guerrero.
En dicha feria, año con año había palenque de gallos y jaripeo, para que la gente se divirtiera. Ese día se iban a jinetear a unos toros de un conocido ganadero de la región y estos tenían fama de ser muy fuertes, de tal suerte que eran pocos los jinetes que podían quedárseles en el lomo, pues a la mayoría los tiraban a los primeros reparos. Uno de los jinetes que iba a montar ese día era El Sapo, y tenía la esperanza de quedársele al toro para hacer fama y dinero, pues así lo contratarían para montar en varios jaripeos en toda la República.
En el momento en que El Sapo se encaminaba rumbo al corral de toros, se le apareció un jinete vestido de charro y todo de negro, el cual montaba también un caballo negro como la noche. Este jinete le dijo al Sapo:
–“Sé que vas a montar hoy, dime si
te gustaría quedártele al toro más bravo
y fuerte, de todos los que hoy van
a montar”.
El Sapo le contestó que sí, que ésa era su mayor ilusión, a lo que el jinete le contestó:
–Muy bien, yo puedo concederte
ese deseo, y no nada más te le quedarás
al toro que hoy vas a montar, sino
a todos los toros que montes y ninguno
podrá tirarte.
–Me parece bien -contestó El
Sapo-, ¿pero qué debo hacer para lograr
eso?
–Muy sencillo -dijo el charro- sólo
tendrás que darme tu alma al final.
Sin saber lo que hacía, El Sapo le
contestó que sí, y entonces el jinete
desapareció.
Así, empezó el jaripeo y le tocó el turno al Sapo. En ese momento, sacaron al toro que iba a jinetear. Era un toro cebú, negro, con unos cuernos grandes y afilados. El Sapo al verlo sintió un escalofrío, y olvidándose de lo que había pactado con el
charro negro se encomendó a Dios, para que lo ayudara a salir con bien de esa monta. Por fin llegó el momento en que se vio arriba del toro, este dio tres enormes reparos y dando un gran salto se salió del corral y se echó a correr, llevando a El Sapo en sus lomos. El Sapo quería brincar para bajarse del toro, pero sus manos no le respondían, estaban como pegadas al pretal y no podía despegarlas. Entonces oyó una voz que le dijo así:
–“Faltaste a tu palabra, ya
teníamos un trato para que te
quedaras arriba del toro. Yo te
iba a ayudar, pero tú te encomendaste
a Dios y rompiste el
trato, por eso mismo, te vas a
ir conmigo al infierno para
siempre”.
El Sapo se asustó mucho más al oír eso y empezó a rezar, pidiendo ayuda al cielo. Entonces, el toro negro se paró de repente, pues enfrente de él se encontraba un caballero vestido todo de blanco, el cual montaba un hermoso y enorme caballo del mismo color, y en su mano derecha empuñaba una espada resplandeciente. Este caballero le dijo al toro así:
–“¡Detente, deja en paz a ese muchacho,
su alma no te pertenece a ti,
te ordeno que lo dejes!”.
El toro, que era el Diablo, el cual había tomado esa forma, no obedeció, sino que arremetió contra el caballero tratando de cornear al caballo para tumbarlo. Pero el caballero sacó su espada y se la enterró al toro, el cual, al sentirse herido, lanzó un bramido
aterrador y despareció haciéndose humo. El Sapo cayó de rodillas y le dio gracias al cielo por haberlo salvado.
Le pidió perdón a Dios y le preguntó al caballero que quién era él, pues le estaba muy agradecido por haberlo ayudado. El caballero le contestó:
“–Soy San Martín Caballero y el
Señor escuchó tu plegaria y me envió
a salvarte. Procura, de aquí en adelante,
no tomar el mal camino y encomiéndate
a Dios diariamente”.
Dicho esto, el caballero desapareció. Desde ese día, El Sapo es un hombre nuevo, dejó de montar toros y dejó todos los vicios que tenía, y ahora es un hombre bueno y trabajador, y cada domingo va a misa a dar gracias a Dios por haber salvado su alma. En su casa tiene una imagen de San Martín Caballero y todos los días le pone un recipiente con agua y un montón de hierbas frescas para su caballo, en señal de agradecimiento por haberlo salvado de las garras del demonio. El jinete que vendió su alma al Diablo.
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