Mustafá, fotógrafo pionero de la Promoción turística en Guanajuato
– Un personaje controvertido
El Guanajuato antiguo, ese que muchos añoramos, de tranvías y hombres de sombrero y calzón de manta, de mujeres de rebozo y canasta, ha podido, felizmente, llegar hasta nuestros días gracias al talento de uno de los personajes más controvertidos que haya dado esta tierra: Luis Calvillo de la Vega (y Valenciana, decía él), el siempre recordado Mustafá.
Visionario de su tiempo, utilizó su cámara fotográfica para capturar hermosos paisajes de su patria chica; escenas pueblerinas que tal vez cotidianas en su época, hoy son admiradas con nostalgia; rincones callejeros convertidos en arte; fotos de estudio de esas con hombres de bigote retorcido y niños de marinerito.
Muchas, cientos de imágenes capturadas por Mustafá adornan hoy muros de residencias, de oficinas, de comercios, y muchas también han salido del país, han contribuido a la difusión de Guanajuato allende nuestras fronteras.
Empero, la figura del Mustafá extravagante, que de sombrero y capa recorría las calles de Guanajuato, no a todos agradaba: había quienes le temían y lo evitaban, otros que lo juzgaban loco y se burlaban de él, y muchos que lo rechazaban acusándolo de ser autor de fotografías impúdicas. Él lo sabía, él parecía querer que así fuera, y gozaba su papel.
Un espíritu aventurero
Luis Calvillo de la Vega vio la luz primera en el Mineral de Valencia el 25 de agosto de 1893. Fue el último de los hijos del herrero Albino Calvillo Pérez y Pilar de la Vega y Granada, pareja guanajuatense de origen humilde. De su infancia se sabe poco, y de acuerdo a lo que él contaba, ayudaba a su padre en la herrería.
En cierta ocasión, ya adolescente, observó a un grupo de turistas en Valenciana. Uno de ellos portaba una especie de cajón con el que enfocaba hacia determinados sitios.
Inquieto, Luis Calvillo de la Vega se acercó a ver qué era aquello, enterándose que era una cámara fotográfica. Allí, en ese momento, le nació el deseo de ser fotógrafo.
Años después, ya en plena efervescencia revolucionaria, liberó su espíritu aventurero, le dijo adiós a Valenciana y se fue a recorrer el país. Muchas son las anécdotas que le tocó vivir mientras México luchaba por tierra y libertad.
Terminado el conflicto bélico, Luis Calvillo de la Vega reapareció en Guanajuato, ya con ideas extravagantes: de alguna forma había averiguado que su sangre tenía mezcla de español, árabe y mexicano, y adoptó el sobrenombre de Mustafá. A su nombre de pila, además, le agregó el y de Valenciana.
Se relacionó pronto con el mundo bohemio de Guanajuato. Entre poetas, músicos, escritores y pintores giró desde entonces su existencia. Tuvo algunos romances, pero sin embargo nunca se casó porque, decía él, no quería tener compromisos. Libre era feliz.
Corrían los años 20s y Mustafá decidió ser fotógrafo. Este oficio aún estaba en ciernes y las dificultades para realizarlo eran muchas: había que ser químico, ingeniero, arquitecto, físico y hasta malabarista para realizar las tomas y luego imprimirlas.
Sin embargo, de esta época, hay verdaderas obras de arte que Mustafá realizó con su cámara, sobre todo paisajes de Valenciana, su rincón preferido; de Rayas y Mellado; de algunas plazas de Guanajuato, callejones, etc.
A principios de los años 30, Mustafá se establece en un estudio fotográfico, quizá el primero en Guanajuato. Su carácter inestable lo hace, sin embargo, cambiar de domicilio en varias ocasiones, siendo el más conocido el que tuvo por muchos años en la calle de Positos 47, en lo que ahora es el museo Diego Rivera.
En este lugar estuvo muchos años dando servicio al público, aunque su escenografía era más amplia: todo Guanajuato. Apenas tenía oportunidad, se lanzaba por los alrededores de Guanajuato a captar imágenes de los paisajes que más le atraían.
En 1948 decide cambiar su estudio fotográfico, estableciéndose entonces en la Plazuela del Ropero, en contraesquina de la casa de Jorge Negrete. Ahí su imagen de árabe se hizo popular, pues solía salir a la plaza con una original bata y turbante, siendo la admiración de propios y extraños.
No obstante que la fotografía de estudio era su modus vivendi, la inquietud de Mustafá era otra, y así su personalidad y su creatividad las vertía con mayor vehemencia hacia el paisaje urbano, hacia la captura de imágenes reales de la ciudad, de esa ciudad de la que estaba perdidamente enamorado, de sus rincones, de todo el romanticismo que él mismo leía y capturaba con todas sus emociones y luego retrataba.
Incluso a partir de esas fechas comenzó a sellar sus fotografías con un lema: “Mi cámara dirá las bellezas del terruño”. O aquel otro: “Ars mea vita” (El arte es mi vida). Y las firmaba: Mustafá.
La leyenda de Mustafá comenzaba a tejerse. Hizo amistad con guanajuatenses ilustres como Agustín Lanuza, Fulgencio Vargas, Luis González Obregón, Rafael López, Manuel Leal, etc. Y platicaba con los gobernadores y alcaldes en turno.
Una pequeña libreta, la que él consideraba su tesoro, iba siempre en sus bolsillos. En ella escribió: Este es el libro de oro de un pobre viandante que marcha en pos del ideal de lo bello, como Diógenes moderno con mi cámara cual linterna hurgando el rincón evocador de la tierra. También en esa libreta hay escritos de los personajes mencionados, y de otros como Leobino Zavala, Chema Lozano, José García Cabral, Francisco Orozco, que le dedicaban algunas líneas a Mustafá.
Desde esa época se acostumbró Mustafá a regalar a sus amigos fotografías de paisajes de Guanajuato. Entabló así amistad con personajes como el entonces presidente Lázaro Cárdenas, quien se llevó algunas fotografías y envió luego una carta personal de agradecimiento al autor. Otro fue el compositor Mario Talavera, quien como agradecimiento le compuso y regaló una estrofa.
Otro de los grandes personajes con quien Mustafá entabló amistad fue el publicista Eulalio Ferrer, quien entusiasmado por Mustafá, por sus fotografías e invitaciones, decidió venir a Guanajuato, quedando tan entusiasmado y agradecido que adquirió la Casa Smith para crear el Museo Iconográfico y donarlo al pueblo.
Los deseos de Mustafá por lograr que cada vez más gente conociera Guanajuato lo llevaron a insistir ante productores cinematográficos para que vinieran a filmar. Así, en la década de los 40, se rueda la primera película en esta ciudad: Bugambilia con Dolores del Río, actriz que luego entablaría una gran amistad con Mustafá.
Quizá sin proponérselo así, se convirtió Mustafá en el primer promotor turístico de esta capital entre los años 30 y 50. Deambulaba por las calles ataviado con capa y sombrero, narraba las leyendas, explicaba los atractivos a cuantas personas se le acercaban, se reunía con poetas, con bohemios de corazón, comenzando a construir, sin imaginarlo, al Guanajuato turístico y cultural que hoy disfrutamos.
Empero, Mustafá era pobre materialmente. Carente de dinero cerró su estudio fotográfico y se fue a radicar a una casa por Alameda, donde siguió trabajando. Un día algo le robaron de ahí, él señaló a un estudiante como el autor del hurto, y como nadie le hacía caso escribió con grandes letras en los muros exteriores de la casa, el nombre del ladrón.
Hacia los años 80, Mustafá era un anciano olvidado por muchos de aquellos que en otras épocas lo admiraron. Caminaba difícilmente, pedía fiado, aceptaba que algunos le obsequiaran comida y pasaba en cama gran parte del tiempo debido a una enfermedad en sus piernas.
A principios de 1982 se agravó, los vecinos pidieron una ambulancia y Mustafá fue llevado al hospital en Pardo. Pareció recuperarse y aunque volvía para ser atendido, se veía ya muy mal.
En mayo de ese año volvió a agravarse, retornó en ambulancia al hospital y en una de las camas comunes, de esas donde se atiende a los pobres, murió Mustafá, olvidado completamente por la gente que lo conoció.
Abrazaba su tesoro, no quería desprenderse de él: una cajita llena de negativos, de miles de pequeños testimonios de todo lo que en su vida observó y capturó para este su Guanajuato que hoy, gracias a él, ha logrado mucho de lo que es.
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