El Viernes de Dolores en el Guanajuato de los años 40
Por Alfonso Prado Soto
No es nostalgia decadente. No puede ser evocación senil, digna de páginas diarias, empolvadas y llorosas, pasto de las risa despiadada de los nietos; trátase en el más válido de las casos, de una crónica antañosa del entorno vivido hace medio siglo en nuestra guanajuatense metrópoli, pergeñada con el deliberado propósito de perpetua tradicional convivencia de cálida hermandad, con el pretexto (uno más al estilo guanajuatí) mitad profano y el resto de belleza religiosa, como lo fue, es y será, el Viernes de Dolores de cada año…
Esto pasaba hace más de cincuenta años: nadie se aposentaba en la escalinata del Teatro Juárez: ahí estaban los mercaderes floritífices, ofertando alhelíes, nube, claveles, rosas y macetas con germinado de trigo joven… el Jardín de la Unión, desde la noche anterior, estaba cubierto, en sus tres callecitas de acceso, de capullos diversos y hondo sabor de copal…
… afuera del Casino de Guanajuato, siempre vigilado por alguno de sus miembros más conspicuos, aparecían rodeados de flores con elegancia vestidos los socios don Pablo Parkman y don Carlos de Escurdia… en las banquetas del hotel Posada Santa Fe (antes hotel Unión); en la de la farmacia Dr. Romero (con los pildoreros don Julio Arreguín y Pancho Herrera elaborando pastelillos “para estudiar” y surtiendo pócimas con belladona, ipecacuana; en las de los billares Valadez, ahora pomadoso restorán con homónimo apellido, y afuera del café del chino Tereso, lo que es hoy el hotel San Diego, se aposentaban los floricultores de Cuevas, Puentecillas, Silao, Irapuato, Santa Rosa, Santa Teresa, a lo largo de las calles de Sopeña y González Obregón (antes de la Cruz Blanca) y costados del templo de San Diego.
Todo un mundo de gente del terruño: estudiantes, las alegres normalistas, los personajes importantes (el Lic. Olivares Carrillo, el pintor Manuel Leal, el escritor Fernando Robles, ataviado con elegante traje de charro), la maestra Pepa Zozaya, rebozo del canto, imponiendo la indumentaria que toda mujer guanafedeña (si quería ostentarse con orgullo como tal) debía portar en ese día; las guapas de la época: las tres Estelas (Ramsden, Oyanguren y González), las de la Torre, las Figueroa, las Chico, las Villaseñor de Lascuráin de Retana (antes del Cerero), las Araiza de la Presa, las Zavala.
Claro, los primeros paseantes mañaneros en ese Viernes de Dolores (y todos los días del año) eran don Francisco Oyanguren (Canastillo de Flores dixit) en compañía de los hermanos Rodríguez (del hotel Palacio, a un lado del pasaje de los Arcos) de nombres Juan y Hermócrates, que hacían sus ejercicios andariegos alrededor del jardín Unión.
Flores y más flores circundaban el triangular paseo, y escuchábamos durante todo el día las bellas notas, primero, de la Banda del Estado, que dirigía al maestro Roberto Belmonte que nos deleitaba lo mismo con el Sabat Mater que con las marchas “Arriba Guanajuato”, “Lindas Mexicanas”, “Alegres Camaradas”, “Roberto Fierro”; eran tiempos de finales de la segunda guerra mundial, con el eje a punto de ser vencido y el inminente desembarco en terrenos del mismo de las tropas aliadas (muchos tanques con también “mucha carne prieta de cañón”, como se decía de nosotros, los no gringos), se anunciaba en los noticieros de la radio y el movie-tone del cine Reforma; luego tocaba al turno el Jazz-Band de Policía, que comandaba el maestro Isidoro, y alocaba a la gente joven y muchos adultos con el amigo de moda “Pepe el Greñudo” y las bellísimas sambas de Any Barroso: Brasil, Bahía, Cervecinas Calientes y el alegre Barrilito; otra vez la Banda del Estado hacía su aparición y rompían el viento los acordes de la aventura beethoveniana, alternada con gitanos paso-dobles (para los entusiastas de la franela y el estoque, que éramos muchos) y movíamos la cadera en “un cuadrito y me sobra terraplén”, y remataba la audiencia musical al filo de las dos de la tarde con los vibrantes ritmos marciales de Velino M. Presa.
Todo Guanajuato nos dábamos cita en el Jardín de la Unión, el Viernes de Dolores, “aunque la Virgen llorara”, esto es, decía la comunidad, aunque lloviera a cántaros.
Nos codeábamos materialmente, sin tener ninguna relevancia jerárquica, con las altas autoridades, y también con los “más menos”, comerciantes de todo tipo, nuestros vecinos y conocidos de Calderones, Santa Rosa, Mellado, Marfil, Santa Teresa que venían a la metrópoli guanapolitana a saludar a la Virgen, con flores y un trago de agua fresca de horchata, tamarindo, jamaica o chía. Y, también, es cierto, salía el chisme del día: uno de tantos Viernes de Dolores corrió la voz de que en el Callejón de la Condesa se aparecía una ánima en pena, totalmente cubierta la cara; de inmediato surgió el “yo lo vi”, y se aclaró que era el Gobernador, que todas las noches salía de su despacho en la Plaza de la Paz, pasaba por el Callejón de la Condesa y se metía a una casita a echarse una “partida de poker”; el policía que lo descubrió por poquito lo jala a la Comisaría. Pero el ensabanado se portó cortés y le hizo saber que era el Gobernador, que no hacía mal a nadie; se le bajó el susto al “cuico” y dio gracias a la Virgen de que no le quitaran la chamba. Por ahí también aparecían los políticos, que sí hacían política, de esa de “nomás mis chicharrones truenan”, sí, esa que hizo tronar al régimen “verde” el dos de enero de 1946 en León, porque en esa época la unión en los políticos en el poder era monolítica y no había más enemigos que los sinarquistas; y cuando éstos se unificaron a su vez, con otros grupos anti-gobierno, tronó la hegemonía del partido “verde” y surgió la desbandada de funcionarios y políticos de ese lado.
En forma fortuita, todo santafeviveño tenía que pasar en esos tiempos por el Jardín de la Unión, ya sea que iba para “arriba” (para el Paseo de la Presa de la Olla) o para “abajo” (para El Cantador); por ello, al paso por el Jardín disfrutando del calor amistoso de la fiesta y al propio tiempo compraba sus flores para su altar hogareño, y se llevaba también sus sandías, naranjas, melones y papayas, para clavarles banderitas de oro volador, como adorno del altar.
¿Qué hacía tanta gente, reunida en el Jardín de la Unión?, preguntaban los fuereños; contestábamos: una simple (que pocos pueden valorarla) cosa, arquetípica en nosotros: convivir, alrededor de un concepto popular de devoción religiosa, intercambiar ideas, palabras, ejercitar la mente en juegos verbales a través de la conversación y el afecto, querernos unos a los otros, como lo hacemos en nuestras otras festividades típicas: día de San Juan, Apertura de la Presa de la Olla, en El Hormiguero el Día de la Cueva, las Iluminaciones.
Ya al filo de las tres de la tarde la gente se aposentaba en sus casas, orgullosa de haber hecho sus compras florales en el Jardín de la Unión; y en santa paz, sigue en su casa la tradición del día, invitando a todo peregrino a que visite su altar a la Virgen de los Dolores, con un previo traguito de agua fresca de betabel, de chía, sandía y de fresa; y si andaba por los minerales de Cata, Santa Ana, Valenciana o Mellado, no se perdía el tonificante vaso de agua fresca de sabores que gustosos los pobladores de esa zona minera les ofrecen para renovar el recíproco calor humano que despide la festividad. Ya al pardear el día, la gente recorría el solitario triangulito de la Unión, con aún olor a copal y pedacería de lo que fueron banderitas de papel picado y oro volador, en espera del siguiente año, con amigos y familiares, unos más y otros menos. Salud, Guanajuato tradicional.
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